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Serafín

Serafín, otro perro tratado por Cinópolis

Serafín

No sabemos qué le ocurrió a Serafín antes de llegar a casa. Apareció debajo de una higuera, bajo la que se tumbaba a descansar con frecuencia uno de los más queridos perros de mi infancia. Serafín, lleno de garrapatas, de sangre, de tristeza. La mirada de Serafín, sus ojos enormes llenos de pena, hacían que el alma te temblara un poco. Pero llegó a casa y pensamos “estará bien, ya está a salvo”. Es curioso que los seres humanos, tan dados a arrastrar el equipaje de nuestro pasado, tan enredados siempre en temores y conflictos, demos a veces por hecho que los perros, sensibles y complejos, pueden dejar todo atrás de un plumazo. Los problemas no se acabaron, algunos empeoraron.

Las personas que lo miraban o intentaban acariciarlo, los ruidos, los autobuses, el camión de la basura, las terrazas. . . un mundo desconocido y hostil desde los grandes ojos de Serafín, al que él ladraba con angustia o enfado. Pronto nos dimos cuenta de que nuestro perro sufría y de que teníamos que ayudarlo y afortunadamente tuvimos la gran suerte de encontrar a Silvia Cinopolis. Ahí empezó para nosotros y para el pequeño Serafín un camino maravilloso. Las Flores de Bach, las clases, la relación con los compañeros en los talleres, las pautas que hemos recibido de Silvia. Entender, tratarlo como a un perro, darle lo que necesita. Lo que más me emociona recordar es cómo se ha transformado su expresión, esa mirada triste desapareció un día.

Aún quedan cosas por hacer, comportamientos que mejorar, ladridos que silenciar. Pero Serafín ya no es aquel perro asustado que encontramos un día. Y con todo su equipaje, con todos sus problemas, no lo cambiaríamos por nada. El nos ha enseñado muchas cosas. Y nuestra deuda con Silvia Cinopolis, con su entrega y compromiso, con su capacidad y su empatía, no podremos saldarla nunca.

Escrito por María Pérez